Prohibir la IA es una tarea que ya no tiene asidero, luego de un año de vertiginosos avances, tras la irrupción de ChatGPT. A estas alturas, ya ha revolucionado nuestra relación con las tecnologías y la construcción del conocimiento. 

Pero no es descabellado que asumamos que su uso e implementación plantean desafíos y oportunidades que requieren un análisis crítico.

El 30 de noviembre de 2022, el ecosistema mediático experimentó un cambio significativo con el lanzamiento público de la aplicación de chatbot de inteligencia artificial de la empresa Open AI: Chat GPT (Chat Generative Pre-Trained Transformer). Este evento marcó un hito en la forma en que concebimos nuestra relación con las tecnologías y la construcción del conocimiento. Dar marcha atrás y prohibir la IA es imposible.

La IA, en su esencia, es un conjunto de sistemas informáticos y computacionales que se emplean para resolver problemas de manera autónoma. Un modelo del lenguaje creado con el propósito de mantener una conversación con el usuario. Sin embargo, el resultado de esa conversación arroja un corpus de aproximaciones semánticas. 

Las aplicaciones de IA, como ChatGPT, utilizan la información que ha sido digitalizada y que está disponible en internet. Por lo tanto, no arroja respuestas neutras, conscientes o pensadas; al contrario, nos otorga respuestas sesgadas por las propias concepciones culturales.

Por donde empezar para no prohibir la IA

Entonces, ¿quién define desde qué perspectivas se construyen estas respuestas? ¿Cómo se puede entrenar a la IA para evitar estos sesgos? Estas son las cuestiones que podríamos cuestionar e investigar. En el caso de ChatGPT, ese “entrenamiento” puede hacerse a través del «Aprendizaje de Refuerzo a través de Comentarios Humanos (RLHF, por sus siglas en inglés). Esto evidencia que su uso no sólo se reduce a preguntar y obtener respuestas, sino en generar una conversación para ir mejorando las búsquedas y los resultados.

Por lo tanto, la clave no es prohibir la IA, sino entrenarla críticamente. Debemos ser conscientes de los sesgos inherentes a la IA y trabajar para minimizarlos. Además, debemos entender que la IA es una herramienta, no un sustituto de la interacción humana. Su objetivo no es reemplazar a los humanos, sino mejorar nuestras capacidades y ayudarnos a tomar decisiones más informadas.

Recordemos que la IA tiene el potencial de transformar nuestra sociedad de formas que apenas estamos comenzando a comprender. Sin embargo, para aprovechar al máximo este potencial, debemos ser críticos y conscientes de sus limitaciones y sesgos. Sólo entonces podremos utilizar la IA de manera efectiva y ética.